RELIGIÓN Y GUERRA

7 octubre, 2014

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez       Con relativa frecuencia leo, oigo y veo en los medios de comunicación social afirmaciones semejantes a ésta: La religiones son la causa mayor y el origen de guerras y violencias, en el pasado y en el presente. Falta matización en estas palabras. Sin duda que ha habido guerras por diferencias religiosas o entre grupos religiosos. Constantemente se alude a ellas. Pero un análisis más profundo permite ver otros componentes que dieron lugar a esa beligerancia. Es curioso cómo matizamos cuando se refiere a lo nuestro y, por el contrario, no lo hacemos cuando se trata de culpar a los otros. Muchas guerras “de religión” son más bien guerras políticas bajo capa de razón de fe. ¿Qué estado de pureza religiosa tenía en Europa de los siglos XV, XVI y XVII la famosa expresión “cuius regio, eius religio”?

En cualquier caso, a estas alturas de la historia humana, ¿podemos admitir que en los conflictos actualmente en activo hay únicamente razones religiosas por las que cristianos, musulmanes y otros grupos religiosos o étnicos son perseguidos o son antagonistas? ¿Qué tiene de religioso los crímenes y persecuciones del mal llamado “Régimen Islámico” en Irak y Siria? ¿Sólo hay una razón religiosa en el enfrentamiento entre diferentes grupos en Libia, Ucrania, India, o en la Franja de Gaza? Es, más bien, una fragante falta de respeto de los derechos humanos, entre los que destaca la libertad religiosa y de pensamiento. No encontramos en estos conflictos respeto alguno a la dignidad del hombre, ni esfuerzo por el bien común, aunque se diga que hay un componente religioso. Este es un tiempo en el que, por parte de grupos extremistas, se desnaturaliza el auténtico sentido religioso y en el que las diferencias entre las diversas confesiones se distorsionan e instrumentalizan, haciendo de ellas un factor peligroso de conflicto y violencia, en vez de una ocasión de diálogo abierto y respetuoso y de reflexión común sobre el significado de creer en Dios y seguir su ley.

“Que nadie piense que puede escudarse en Dios cuando proyecta y realiza actos de violencia y abusos. Que nadie tome la religión como pretexto para las propias acciones contrarias a la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales, en primer lugar el de la vida y el de la libertad religiosa de todos”. Son palabras rotundas del Papa Francisco pronunciadas en Tirana (Albania) el 21 de septiembre pasado, en un país que recobró la libertad frente a un régimen de ateísmo constitucional y que goza ahora de una convivencia pacífica y fructífera entre personas y comunidades que pertenecen a diferentes religiones. Esta convivencia no sólo es deseable, sino posible y realizable de modo concreto.

Para ello es importante esforzarse para que el crecimiento y el desarrollo estén a disposición de todos y no sólo de una parte de la población. He aquí un verdadero origen de guerras y conflictos, junto con el extremismo que no es religioso, sino político o una manera de entender la fe religiosa. “Cuando, en nombre de una ideología, se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba por adorar a ídolos, y enseguida el hombre se pierde, su dignidad es pisoteada, sus derecho violados”. De nuevo cito al Papa en su encuentro con líderes de otras religiones y otras denominaciones cristianas. La verdadera libertad religiosa huye de la intolerancia y del sectarismo: la religión auténtica es fuente de paz y no de violencia. Es muy interesante lo que dice Su Santidad en ese discurso en Tirana sobre dos actitudes para la promoción de la libertad religiosa: ver en cada hombre y mujer no a rivales, y menos aún a enemigos, sino a hermanos y a hermanas; y el compromiso en favor del bien común.

Evidentemente, sin embargo, no se puede dialogar si no se parte de la propia identidad: todo no es relativo. Sin identidad no puede haber diálogo. Sería un diálogo fantasma. “Cada uno –dice el Papa- parte de su identidad, pero sin fingir que tiene otra, porque así no vale y no ayuda, y es relativismo. Lo que nos une es el camino de la vida, es la buena voluntad de partir de la propia identidad para hacer el bien a los hermanos. Hacer el bien. Y así, como hermanos, caminamos juntos (…) lo más importante y hermoso es caminar juntos sin traicionar la propia identidad, sin ocultarla, sin hipocresía…”. San Francisco interceda para conseguir esta paz y buenas relaciones entre comunidades humanas, también las religiosas.

Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Fuente: www.agenciasic.com

 

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