«EL EQUILIBRIO ENTRE INTUICIÓN, FE Y DATOS CIENTÍFICOS PUEDE DAR BUENOS RESULTADOS»

  • José María Hevia, durante la charla. Veterano estudioso del universo y descubridor de la galaxia SMNR 1.050, acude a la iglesia de Santo Tomás para reflexionar sobre la belleza del Cosmos

  • José María Hevia Sacerdote, teólogo y astrofísico

  • BORJA PINO

  • AVILÉS
  • 27 diciembre 2014

En la creciente relación de los grandes dilemas que el género humano se ha planteado a lo largo de los milenios, la pugna entre ciencia y religión ocupa un puesto elevado. No pocas personas han tratado de conciliar ambos campos, y José María Hevia (Pola de Lena, 1947) es una de ellas. Sacerdote y teólogo, pero también astrofísico, el hombre que ostenta el cargo de canónigo de la catedral de Oviedo puede vanagloriarse de haber descubierto una constelación, la SMNR 1.050, y de formar parte de la prestigiosa sociedad científica Max Planck, que el año pasado recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Y ayer, en la inauguración del ciclo ‘El Atrio de los Gentiles’, Hevia acudió a la iglesia de Santo Tomás de Cantorbery a impartir la conferencia ‘La belleza del Universo: contemplar, orar y amar’.

Universo y oración son dos conceptos no siempre asociables.

En realidad, lo que pretendo en estos encuentros es hablar de la belleza del universo, de mostrar su belleza y de disertar sobre su contemplación. Pero también me gusta aportar un elemento de cultura religiosa, porque no hay telescopio más potente que el corazón de cualquier ser humano.

¿A qué se refiere?

A que, para entender nuestro mundo, es preciso mirar más allá de las ecuaciones. Sin ciencia pura y dura no hacemos astrofísica, pero sólo con ella no disfrutaremos del Cosmos. Ver un paisaje implica tener una sensibilidad para la belleza, y eso es algo que no se puede medir por medio de ecuaciones.

¿Quiere eso decir que la ciencia y la fe no son disciplinas rivales?

Muy al contrario. Creo que son elementos complementarios, porque más allá de las ecuaciones existen los elementos que verdaderamente dan la vida: el amor, la belleza, la libertad… No se trata de que la religión ocupe el espacio vacío de la ciencia, sino de que cada una de ellas se mueva en el espacio que le corresponde, sin meter las narices en el campo de la otra. Por ejemplo, he consultado 58 manuales de física, y en ninguno he encontrado definido el término ‘materia’. Es un concepto más filosófico, más contemplativo que científico. Ahí es donde entran en juego la metafísica o la fe.

Sin embargo, quizá haya científicos que se lo discutan…

Una encuesta hecha en 1922 reveló que aproximadamente la mitad de los profesionales de la física eran creyentes. Ese mismo estudio se repitió en 2006, con resultados muy similares. ¡Con casi un siglo de diferencia! Es verdad que la cantera de creyentes y ateos ha cambiado, porque ahora tenemos muchos datos sobre metafísica. La genética se ha convertido en la nueva torre de Babel de la fe y de la ciencia. Y quien crea que esa torre se puede mantener sólo con datos científicos verá cómo la construcción se viene abajo. El teólogo no demuestra, muestra; y el científico explica, pero hay cosas que no se pueden explicar.

¿Y cree que la sociedad también lo entiende de ese modo?

Sí, creo que la realidad popular es muy similar. Hay quienes esgrimen la ciencia como argumento para explicarlo todo o para renegar de la teología, pero ahí es donde entra en juego el intelecto de cada cual.

De modo que la cultura fomenta la tolerancia y la aceptación.

Exacto. Un mayor nivel cultural ayuda a demarcar, y por eso los científicos sienten un gran respeto por la religión, aunque no la profesen. El año pasado vimos un ejemplo en Peter Higgs, descubridor del bosón de Higgs. Cuando se le hizo entrega del Premio Príncipe de Asturias reconoció que tanto la ciencia como la religión no exigen una postura de opción por una de ellas, sino de simple deducción.

Llama la atención que lo defienda el descubridor de una galaxia.

Es un ejemplo, sí. Cuando, en 2002, descubrí SMNR 1.050, apliqué un proceso de observación en estado puro. Observé un conjunto de tres galaxias en la constelación de Leo, intuí que allí había algo oculto, apliqué el teorema de virial y, efectivamente, me topé con una cuarta galaxia oculta detrás del polvo. Eso demuestra que el equilibrio entre intuición, fe y datos científicos puede dar buenos resultados. Y es algo visible día a día.

Fuente: www.elcomercio.es

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