EL ISLAM EN LA ESCUELA: ¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?

Religión en Navarra no suscribe todo lo que se afirma en este artículo, pero se hace eco de él porque plantea cuestiones sobre las que es urgente reflexionar.

El islam en la escuela: ¿Dónde está el problema?

JOSÉ JAVIER ESPARZA

El problema no es que “los otros” reivindiquen su religión identitaria (tienen derecho a ello), sino que nosotros hemos abjurado de la nuestra y de cualquier otra forma de identidad nacional.

No es malo que el Estado arbitre la enseñanza de la religión islámica en las escuelas españolas, en el bien entendido de que esa asignatura, como precisaba la información aparecida ayer en gaceta.es, sólo se impartirá a los niños musulmanes escolarizados en nuestro país cuyas familias así lo soliciten. No es malo, digo, porque la alternativa es que la formación religiosa de esos muchachos termine en manos de imanes descontrolados de cualquier mezquita “irregular”, y esto nadie en su sano juicio puede desearlo. Lógico, ¿no? Y sin embargo, la noticia ha causado un impacto notable en mucha gente. No hay más que ver cómo ha corrido por las redes sociales. Pero, ¿por qué?

Nosotros y “los otros”

El problema no es que los niños musulmanes reciban formación islámica. El problema, en realidad, está en otra parte. Lo que choca en la noticia, aunque pocos se atrevan a enunciarlo en toda su crudeza, es ver cómo nuestro sistema nacional de enseñanza renuncia a privilegiar a una religión concreta, la católica, como propia de nuestra identidad colectiva –una identidad, precisamente, nacional- y, al revés, admite en igualdad de condiciones a otra confesiones que no son propias de nuestro país. Pero, amigos, es que hace tiempo que España dejó de ser católica. En este y en otros muchos aspectos. O sea que el problema no son “los otros”, sino que somos nosotros.

Deshagamos malentendidos. La introducción del Islam y otras religiones en las escuelas españolas deriva de una ley de 2006 (Zapatero) que desarrolla a su vez otra de 1992 (Felipe) y que ha sido mantenida con pocas modificaciones en la nueva ley de educación de 2013 (Rajoy). Aquella legislación de 1996, típicamente zapateriana, significaba en la práctica que la religión católica quedaba en pie de igualdad con cualesquiera otras confesiones (evangélica, judía, etc.). La Iglesia lo aceptó porque, a cambio, se reconocía a cada una de las confesiones el derecho a diseñar las asignaturas, decidir los contenidos y designar al profesorado, con muy escasa injerencia de la Administración. Siendo la religión católica tan mayoritaria, poco podía inquietar que se introdujeran también otras confesiones en los planes de enseñanza. Quizá nadie en la Conferencia Episcopal se preguntó si acaso la religión católica iba a seguir siendo mayoritaria por mucho tiempo. Tampoco nadie en esa casa fue capaz de prever que las autoridades políticas –de todo signo- iban a terminar convirtiendo la asignatura de Religión católica, en la práctica, en una disciplina marginal y no pocas veces asediada por actitudes hostiles en los centros de enseñanza y en las instancias autonómicas que cortan el bacalao en materia educativa. De ahí, en buena medida, el estupor que ha causado entre la opinión la publicación en el BOE del currículo de enseñanza islámica: “a la religión católica se la acosa en las escuelas –viene a pensar la gente-, pero a la musulmana se la oficializa”. Es una percepción apresurada, pero que refleja un estado de hecho. Y debería llevarnos a unas cuantas reflexiones –ya sé que muy políticamente incorrectas- sobre la asignatura de Religión católica.

Qué es la religión católica

Aquí se plantea un problema conceptual, de base, que no es sólo religioso, sino que atañe a la misma naturaleza de la nación española. El catolicismo no es sólo una confesión. A efectos sociales, es también una pauta moral, una forma de civilización y una identidad cultural-nacional. Es decir, una ámbito de cultura en el que una comunidad histórica se reconoce a sí misma, incluso si ya no se cree fervientemente en el dogma. Por eso cerca del 70% de los padres desea que sus hijos reciban enseñanza religiosa católica y el 65% de los alumnos aún la recibe (contra las crecientes trabas que impone la Administración), aunque sólo el 14% de los católicos sean practicantes según las cifras del CIS. ¿Gente que no va a Misa, que incluso vota al PSOE, pero que quiere que sus hijos sean educados en la Fe? Sí, en efecto. La gran mayoría. Y ello precisamente porque la religión no es sólo una fe, sino muchas cosas más. Y eso, en tiempos secularizados como los nuestros, tiene una importancia decisiva. La mayoría de los padres no elige la asignatura de Religión por su profunda fe en Dios o por su amor al Evangelio, sino por esas otras razones de carácter cultural y moral. El poder político debería tenerlo en cuenta.

Por cierto que, a este respecto, cabría discutir el hecho de que la determinación de los contenidos de Religión sea competencia exclusivamente episcopal. La enseñanza de esa asignatura va más allá del ámbito estrictamente eclesial. Desde el punto de vista de nuestra identidad cultural e histórica, ¿sería tan descabellado que el Ministerio determinara unos contenidos mínimos en materia de Religión? Es algo para reflexionar. Por supuesto, siempre habrá quien se vaya al extremo contrario y sostenga que no sólo la católica, sino ninguna religión debería estar en las escuelas. Con frecuencia estos son los mismos que, paradójicamente, entonan el consabido lamento por la “pérdida de valores de nuestra juventud”. ¿No se os ha ocurrido, almas de cántaro, que la “pérdida de valores” ha corrido exactamente paralela a la desvalorización de la Religión en las escuelas, porque el ámbito estrictamente secular ha sido incapaz de ofrecer una moral alternativa eficiente? Otra cuestión para reflexionar.

¿Sociedad multicultural?

En cuanto a la polémica por la enseñanza del islam, y sin dejar de defender el derecho de los niños musulmanes a recibir esa formación en nuestros centros, hay unas cuantas cosas que es preciso poner negro sobre blanco. Primero y ante todo, que el islam, hoy por hoy, no es “una religión como las demás”, por más que se empeñen los opinadores biempensantes. ¿Hay que explicar por qué? Nadie pone bombas ni degüella gente en medio mundo en nombre de la religión católica, ni de la protestante, ni de la ortodoxia, ni de la judía ni de la budista. El islam tiene un problema específicamente suyo que va mucho más allá de lo religioso y que sólo los propios musulmanes pueden resolver. En ese sentido, no es muy tranquilizador que sea la Comisión Islámica la que vaya a decidir, en exclusiva, la “determinación del currículo y de los estándares de aprendizaje evaluable” y la supervisión, autorización y utilización de libros de texto y materiales didácticos, según señala el artículo 91 de la vigente ley de Educación. ¿Por qué? Porque, por fiables que sean los doctos señores de esa Comisión, el islam presenta unas implicaciones políticas que no se dan en ninguna otra religión.

No se trata sólo de radicalismos minoritarios, sino que el problema concierne a toda la estructura mental musulmana. Llama la atención, por ejemplo, que en el currículo oficializado por el Gobierno Rajoy no se haga mención alguna a la nación española, ni siquiera bajo la neutra forma de “Estado”, y por el contrario haya un capítulo dedicado a explicar la “nación musulmana”, la Umma, según el viejo criterio mahometano de que la comunidad de los creyentes configura por sí misma una unidad política. Asimismo, el temario oficial muestra la huella histórica musulmana en España, extinguida hace muchos siglos, como parte de la identidad de los musulmanes contemporáneos, lo cual no deja de ser inquietante. ¿Sería tan difícil enseñar a los niños musulmanes que pueden ser tales en una nación que se llama España y que no, no forma parte de la Umma?

Un dato interesante para terminar: la argumentación redactada por la Comisión Islámica y oficializada por el Gobierno español da por hecho, literalmente, que España es una “sociedad multicultural” y tiende a lo “intercultural”. Probablemente aquí reside la clave del asunto. ¿De verdad queremos ser una sociedad multicultural? Esta es la decisión que han de tomar los españoles de hoy. Podemos escoger entre ser una sociedad con identidad propia –y por tanto mantener nuestras señas históricas y culturales específicas- o ser una sociedad sin alma, que es lo que nuestros gobernantes llevan varios decenios construyendo. Usted elige.

Fuente: www.gaceta.es

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